Una palabra poderosa confinada al silencio

Hasta hace unos años el sonido noble del bisílabo, buey, asestaba a quien se dirigía, un insulto: “Cómo eres buey”, “Ah que buey eres”, “Ese es un buey”. Dice el refrán que tanto va el cántaro a la fuente, hasta que se rompe y aquí, la intención del contenido de este enunciado aplica con rotunda eficiencia para describir, al menos en parte, lo que sucedió finalmente al pronunciar: Buey. Tanto se repitió en infinidad de situaciones cotidianas el término que terminó por degradar su contenido denigratorio. La palabra “buey” alcanzó tal familiaridad, sobre todo entre jóvenes, que se hizo común referirse al otro, al de enfrente, al amigo, al conocido o a quien sea, como: BUE…y, así como está escrito. La entonación que dictan las normas no escritas, es que al otro, en un acto de familiaridad, se le diga BUE…y, el énfasis debe aplicarse a las tres primeras letras, que por más enfática la intención que las pronuncie, siempre su sonido será noble, por no decir, débil, además, condición indispensable, al final de la palabra se debe dejar escurrir un ligerísimo sonido impregnado de la “y”, que no “ye”, mismo que alerte el espectro auditivo a fin de confirmar que, al otro, se le refirió como BUEY, aun si solo se escucha “BUE…y”. Es probable que estemos ante el único o uno de los pocos términos insertados en la categoría de “malas palabras” o “’palabras fuertes”, cuya fonética más bien lo describe por sí misma como débil. La libertad de la pronunciación de “las malas palabras” solo encuentra los límites de la censura, si el ambiente o lugar donde serían emitidas, no fuera adecuado para hacerlas sonar. En medio del ruidoso espacio de un bar o cantina, una sonora carcajada acompañada de un “…a que cabrón eres” pudiera pasar incluso inadvertida para quien por su ubicación estuviera en condiciones de escucharla, sin embargo, en la quietud de una sala de concierto, de un museo o de una capilla, la misma expresión tendría el idéntico efecto discordante del murmullo de un rezo en un estadio. El estado de ánimo y la necesidad de ser enfático en la comunicación de ciertos contenidos, movilizan en muchos la disponibilidad de “vocabulario fuerte”, aunque también surge la exigencia del uso del mismo, en situaciones relajadas donde la plática solo intenta el esparcimiento en convivencia. Hay quien tiene una habilidad específica para incluir en su discurso, palabras altisonantes sin que nadie se sienta ofendido y si en cambio, muchos reaccionen con hilaridad. Con palabras fuertes sin ofender divierten. La fonética de las palabras altisonantes conducen a la pronunciación por el rumbo de las consonantes fuertes, un festín de consonantes que solas o combinadas confirman su contenido, tan solo por sonar como suenan. Muchos son los que encuentran en la pronunciación de la altisonancia, cierto matiz de placer. Hace algunos años, durante una grabación para televisión en la Plaza de San Roque en Guanajuato, sitio que vio nacer la escenificación de los entremeses cervantinos, antecedente del Festival Cervantino, un turista emitía con desparpajo y sin más sentido que el gozo que le producía la frase: “Viva Villa cabrones”. Su sonora repetición constante impedía hacer la grabación sin que en esta se escuchara el enunciado que tanta emoción le causaba, al parecer, por el sonido puro de sus consonantes fuertes. De la nada la entonaba sin destinatario aunque alcanzaba a todo el que pasaba por ahí. Era obvio que a nadie se dirigiría como “cabrón” pero gozaba el sonido de su pronunciación como cierre magistral a su “Viva Villa”. Pronunciar fuerte satisface, muchas veces, independientemente de lo que signifique. Así, en buena parte ha sucedido con el tristemente célebre grito a coro en los estadios mexicanos de la palabra: Puto. Cierto, el grito en cuestión no se emite de la nada, surge posterior al sonido de una “e” alargada como balido que siempre acompaña el tiempo en el que un portero toma vuelo y se prepara para despejar, un ritual que culmina al patear el balón desde su portería. Dada la circunstancia, el grito viene a resultar como un reclamo, si el portero no opta por pasar el balón a sus compañeros más cercanos y desde ahí en una red de pases, ascender el campo de juego, hilvanando jugadas para intentar meter el gol. El zapatazo poderoso que debe elevar el balón y alejarlo lo más posible del terreno propio, supone despojarse de problemas, mandar el balón y el juego lo más lejos posible, acción temerosa y socarrona que amerita -muchos así lo consideran- la expresión de inconformidad. Sin que esta expresión vocal sea parte de una canción o porra, es el momento de su pronunciación a coro, la ocasión particular en que la palabra une. El grito cruzó fronteras y pasó de los estadios mexicanos a otros del extranjero. Aunque la palabra más exacta para expresar la inconformidad sería: Cobarde, no tiene los mismos atributos sonoro-seductores que el corto y contundente: Puto. El estadio se convierte en una sola voz. Sin embargo, el gozo de emitir con fuerza y a coro la palabra altisonante, hizo sentir su poder al generar inconformidades significativas. Hubo quien dijo que el término era discriminatorio, al referir un insulto con el descalificativo asignado a los hombres homosexuales. Otros entran en defensa de los porteros ¿Por qué han de recibir un insulto a coro cada vez que despejan? Si imagináramos que alguien ajeno al español, escuchara en un estadio el grito a coro con la pronunciación de la palabra: Puto, lógico es preguntara ¿Qué le gritan? y desde luego preguntaría además ¿Por qué? Es decir, la raíz de la palabra siempre será la misma, por más que se argumente que se dice pero no se insulta. Puto es Puto, se diga cómo se diga. Es poderosa la palabra. Ser partícipe de ese grito en un estadio, hermanaba. Gritar con todos: Eeeeeeeh….PUTOOOO, se convirtió en un minúsculo ritual que hacía respirar al mismo ritmo a un contingente que, como los futbolistas, jugaba, jugaba a pronunciar juntos con la fuerza de un zapatazo contra un balón, PUTOOOO. Un efímero nexo festivo por el elemento básico de la comunicación civilizada, la palabra. Quizá, no estaría mal, en función de celebrar un efímero momento en conjunto, que ligado a la historia de este grito, se siga emitiendo en desorden a razón de no herir susceptibilidades por el significado del término y tomando a préstamo la fuerza de las palabras gritar ahora: TOPU o POTU o TUPO, la fuerza es la misma, el nexo también, la cuestión es aplicar un hechizo a las formas para que nadie salga ofendido y el contingente celebre la intrínseca fuerza de consonantes transformadas, todos sabrían que el grito en apariencia inconexo está avalado por una célebre historia en la que las autoridades enviaron al silencio del recuerdo una pronunciación poderosa. En fin, si alguien juzga lo anterior como un absurdo, lo acepto, todo sea por el intento de presenciar el placer de la pronunciación conjunta de una palabra poderosa.

Miguel de la Cruz

Author: Miguel de la Cruz

Miguel de la Cruz, el único periodista de cultura con una trayectoria de 28 años en televisión. Egresado de la Licenciatura en Comunicación por la Universidad Autónoma Metropolitana y colaborador de Canal Once desde diciembre de 1989 hasta la fecha. Tiempo en el que ha realizado la cobertura del Festival Internacional Cervantino, Festival del Centro Histórico, Festival de la Ceiba en Tabasco, Festival de las Artes de Sinaloa, Festival Afrocaribeño de Veracruz, Festival de Jazz de la Riviera Maya, Festival de Jazz de Montreal, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el Salón del Libro de Quebec, el Forum de las Culturas en Barcelona, la Expo Lisboa y ha entrevistado a personalidades del mundo cultural como Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Fernando Benitez, Cristina Pacheco, Fernando Savater, Ricardo Piglia y Elena Poniatowska, entre otros. Durante 10 años formó parte del equipo de reporteros y conductores del primer noticiario cultural “Hoy en la Cultura”.

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